Bolívar quiso ganar el partido, desde el principio. Parecía jugarse el campeonato en el clásico de todos los tiempos. The Strongest, entró acomplejado, dejándose su tradicional mística en el vestuario, esa garra que le ha permitido soñar, por algunas jornadas, con llegar a la punta. Dicen que los partidos se ganan con la cabeza, desde lo psicológico, desde el hambre y la necesidad de vencer. Y así fue. El Tigre fue puro humo, como el que encandiló desde la curva sur al comienzo del partido. Solo ganamos en ese festejo inicial. El resto fue celeste.
Bolívar apostó (como el Barsa de Guardiola) por tener la pelota y fue un vendaval durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Perdonó innumerables ocasiones (su gran handicap durante todo el torneo) y sigue sin contar con hombres gol, más allá del máximo goleador del campeonato, Ferreira.
El gran acierto de Quinteros fue copar la media cancha, atacar por las bandas y anular a los dos únicos hombres que marcan la diferencia en The Strongest, Limberg Gutiérrez y Nelvin Soliz. De su número nueve, desasistido, Pablo Vásquez, no se tienen noticias. En los nuestros, destacar únicamente el pundonor de Menacho, demasiado sólo para luchar contra toda la defensa bolivarista.
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